Hoy, con 99 años, María Eugenia vive en un hogar para adultos mayores de Monte Grande y mantiene latente sus recuerdos más preciados. “Cuando me preguntan por todo aquello que viví siento una mezcla de tristeza y alegría. Son recuerdos muy fuertes que nunca se olvidan”, aseguró.
“Haber sido la enfermera de Eva Perón fue simplemente cumplir con mi deber como personal de salud. Me tocó cuidar a distintos pacientes y también a ella. Era mi trabajo”, señaló y sumó: “Lo más importante que me dejó la profesión fue la satisfacción de ver recuperarse a los pacientes graves. Eso era una felicidad enorme”.
En junio del año que viene, María Eugenia llegará al centenario y ya planea festejarlo con todo. Junto a Fabiana, su cuidadora, sonríen cómplices y hasta analizan posibles escenarios para la celebración.
“Si hoy tuviera que elegir nuevamente una profesión, volvería a estudiar enfermería. Con más razón que antes. La viví con enorme felicidad. Mirando hacia atrás, siento que fue una etapa de mucho amor por mi trabajo. Siempre me consideré una trabajadora más del Gobierno, igual que tantos otros”, añadió.
“Hoy vivo feliz, tengo a mi familia. Tuve una vida tranquila. Nunca sufrí persecuciones ni problemas. Todo lo contrario: siempre viví con mucha paz”, concluyó acariciando y acomodando el pañuelo que lleva la cara de Evita y que atesora con gran cariño.
A más de siete décadas de la muerte de Eva Perón, María Eugenia conserva intactos los recuerdos de aquellos días. En la claridad de su mirada, en la emoción con la que revive cada escena y en la precisión de su memoria, sobrevive el testimonio de una mujer que fue testigo privilegiada de uno de los episodios más recordados del siglo XX argentino.
Créditos
Fotos y video: Agustina Ribó
Edición: Adrián Canda


















