

El intendente de Rafaela, Leonardo Viotti, presentó el inicio de las obras en los antiguos almacenes Ripamonti como un hecho casi fundacional de su gestión, atribuyéndose el mérito exclusivo de una intervención largamente trabajada por administraciones anteriores. El gesto no es menor: detrás del anuncio aparece una lógica que privilegia la visibilidad personal por sobre el reconocimiento institucional y que vuelve a tensionar el vínculo entre relato político y gestión real. Desde CASTELLANOS, analizamos por qué esa apropiación discursiva no sólo desdibuja la historia reciente de la ciudad, sino que expone una forma de gobernar más preocupada por figurar que por construir políticas públicas con continuidad.
La recuperación de los almacenes Ripamonti es, sin dudas, una obra de alto valor simbólico para Rafaela. Pero también es el resultado de un proceso extenso, complejo y colectivo, que excede ampliamente a la actual administración municipal. La expropiación del predio, declarado Monumento Histórico Provincial, fue impulsada y financiada por el Gobierno de la Provincia durante la gestión de Omar Perotti, un paso decisivo sin el cual hoy no existiría ninguna posibilidad de intervención sobre el inmueble.
A ese antecedente se sumó, en 2021, la firma de un convenio de cooperación con el Colegio de Arquitectos de Rafaela, que permitió lanzar un concurso de ideas para definir el futuro del espacio. De ese proceso participaron 24 proyectos, evaluados bajo criterios técnicos y patrimoniales, y fue durante la gestión del exintendente Luis Castellano cuando se avanzó en la planificación y consolidación del proyecto que hoy comienza a ejecutarse.
Nada de esto aparece en el relato del actual intendente. Por el contrario, su comunicación pública construye la escena como si se tratara de una decisión personal y reciente, desligada de toda historia previa. El problema no es la obra en sí, sino la narrativa que la rodea. Gobernar no es inaugurar relatos, sino asumir que las políticas públicas se sostienen en el tiempo gracias a la continuidad institucional y al trabajo acumulado.
Este modo de presentar la gestión no es aislado. Forma parte de un patrón que se repite: anuncios grandilocuentes, fuerte carga simbólica y escaso reconocimiento del entramado previo que hizo posibles esas acciones. En ese esquema, la ciudad se convierte en escenario y el intendente en protagonista, aun cuando los procesos sean anteriores, colectivos o impulsados por otros niveles del Estado.
La paradoja es evidente. Mientras se enfatiza una obra heredada como muestra de gestión, otros problemas urgentes de la ciudad (la expansión de personas en situación de calle, el deterioro del espacio público, la falta de planificación social) siguen sin respuestas estructurales. La centralidad puesta en el gesto comunicacional contrasta con la ausencia de políticas integrales en áreas sensibles.
En ese marco, no sería extraño que esta misma lógica de apropiación discursiva y urgencia por el protagonismo personal vuelva a repetirse en otros hitos relevantes para la ciudad. Los próximos Juegos ODESUR 2026, por ejemplo, representan una inversión histórica para Rafaela que responde a una decisión política exclusiva del gobierno provincial, impulsada y financiada por la gestión del gobernador Maximiliano Pullaro. Si ese proceso también intentara ser narrado como un mérito propio del Ejecutivo local, este diario no dejará de señalar cómo fueron realmente las cosas: quién decidió, quién financió y quién hizo posible que esa política pública llegara a la ciudad.
El politólogo Max Weber, en “La política como vocación” (1919), advertía que el liderazgo político se degrada cuando se confunde la ética de la responsabilidad con la necesidad de exhibición. Cuando la búsqueda de reconocimiento personal se impone sobre el reconocimiento del proceso, la gestión pierde densidad y la política se reduce a una puesta en escena.
Desde CASTELLANOS, sostenemos que la recuperación de los almacenes Ripamontti merece ser celebrada, pero también correctamente narrada. Porque una ciudad no se construye desde el olvido selectivo ni desde la apropiación simbólica, sino desde la memoria institucional, la honestidad política y la capacidad de reconocer que gobernar no es figurar, sino continuar, cuidar y profundizar lo que otros empezaron.
















