

Un niño sentado en el piso, apoyado contra una pared céntrica, con el cuerpo encogido y la mirada perdida. No juega, no corre, no ríe. Espera. La escena ocurrió a plena luz del día, en una vereda transitada de Rafaela, y resume una postal cada vez más frecuente: infancias a la intemperie, mientras el Estado municipal permanece ausente. Desde CASTELLANOS, analizamos por qué esta realidad ya no puede explicarse como un problema individual ni familiar, sino como una grave falla de política pública.
La imagen no necesita demasiadas explicaciones. Un niño que no supera los 12 o 13 años ocupa el lugar que debería ser de tránsito, de paso, de encuentro. La vereda se convierte en refugio precario, en sala de espera de nadie. No hay mochila escolar, no hay adulto cerca, no hay institución visible que lo contenga. Hay, sí, un entorno urbano que sigue su ritmo, casi sin registrar lo que ocurre a pocos metros.
En los últimos meses, esta postal dejó de ser excepcional. Niños y adolescentes muy jóvenes pidiendo limosna, vendiendo pequeños objetos, deambulando durante horas e incluso de noche, forman parte de una realidad que se consolida en distintos puntos de la ciudad. Frente a esa escena, aparece una pregunta tan automática como estéril: «¿Dónde están los padres?». Es una pregunta que tranquiliza conciencias, pero no resuelve nada. Y, sobre todo, corre el eje de la discusión hacia el terreno privado, evitando lo verdaderamente incómodo: asumir que hay una responsabilidad pública que no está siendo asumida.
Cuando la ausencia estatal se vuelve visible
Las infancias en situación de calle no son una anécdota urbana ni un fenómeno aislado. Son el síntoma más crudo de una cadena de vulneraciones previas: pobreza estructural, trayectorias familiares fragmentadas, consumo problemático, expulsión temprana del sistema educativo, falta de dispositivos territoriales de acompañamiento. Nada de eso se genera de un día para el otro, ni puede abordarse con acciones esporádicas o discursos bienintencionados.
En ese contexto, el silencio del área de Desarrollo Humano del Municipio resulta alarmante. No hay un esquema de trabajo sostenido y visible que permita saber qué se hace, cómo se detectan estos casos, qué equipos intervienen, qué articulación existe con escuelas, centros de salud y organizaciones sociales. En ese sentido, la ausencia de información pública es, también, una forma de ausencia política.
En su obra «La metamorfosis de la cuestión social» (1997), Robert Castel advertía que la desafiliación social comienza cuando el Estado deja de garantizar los soportes mínimos de integración. En Rafaela, cuando el municipio no aparece la calle ocupa su lugar como hogar improvisado, como comedor ocasional, como espacio de socialización, como riesgo permanente. Es ahí donde las infancias quedan expuestas a la violencia, al delito, al consumo, a la intemperie física y simbólica.
Una insensibilidad que se repite
Lo que ocurre con las infancias vulnerables dentro de la gestión municipal, forma parte de una lógica que se repite en distintos planos. Es la misma insensibilidad que se evidencia cada vez que la pirotecnia transforma la celebración de algunos en el padecimiento de muchos, sin controles ni sanciones reales. Es la misma desconexión que aparece cuando se colocan pinchos en el piso de establecimientos públicos para que nadie pase la noche allí, como si eso solucionara el problema. Y es también la misma mirada que parece más atenta a debates lejanos que a la inseguridad cotidiana que golpea a los barrios de Rafaela.
Gobernar no es solamente prohibir, decomisar o sancionar. Gobernar implica cuidar, planificar, anticiparse, construir presencia territorial con equipos profesionales, recursos y compromiso político. Implica, sobre todo, entender que las infancias no pueden esperar.
La pregunta que queda flotando es incómoda pero necesaria: ¿qué ciudad se está construyendo si se naturaliza que haya chicos creciendo en la calle, frente a todos, sin que nadie se haga cargo? Las respuestas (o la falta de ellas) no hablan del futuro de esos niños, sino del presente de una gestión que, frente a la urgencia social, sigue eligiendo mirar hacia otro lado.
FUENTE: DIARIO CASTELLANOS















