Borbón: la historia de la única tumba argentina en las islas Malvinas fuera del cementerio de Darwin

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Un monolito piramidal custodia la sepultura de dos soldados no identificados en el extremo oeste de la isla Borbón, al norte de la Gran Malvina. Allí fue derribado el 7 de junio de 1982 el avión LearJet 35 T-24 en el que iban Juan José Falconier, Guido Marizza, Marcelo Lotufo, Francisco Luna y Rodolfo De la Colina. Los cinco fallecieron. El viaje de cuatro compatriotas y el plan para identificarlos

“Acá yacen los restos de aviadores argentinos solo conocidos por Dios”, se lee –en inglés– sobre la placa de metal colocada en el monolito piramidal de piedra y coronado por una cruz que separa las dos tumbas. Se presume, por el hallazgo que hicieron los británicos doce años después del final de la guerra de Malvinas, que corresponden a dos de los cinco tripulantes del avión LearJet 35 T-24 en el que iban Juan José Falconier, Guido Marizza, Marcelo Lotufo, Francisco Luna y Rodolfo De la Colina, cuando fue derribado por los ingleses el 7 de junio de 1982. Es la única sepultura de soldados argentinos fuera del Cementerio de Darwin, donde estos cinco nombres tienen además una tumba común y en el que fueron enterrados en total 237 compatriotas

Darwin está en la isla Soledad a 89 kilómetros de Puerto Argentino, donde vive aproximadamente el 85 por ciento de la población actual de Malvinas. La isla Borbón es un pedazo de tierra alejado de allí en el que viven solo unas 20 o 30 personas, al norte de la Gran Malvina. En el extremo oeste, a más de 20 kilómetros del poblado conocido como Borbón, está la tumba en la que fueron enterrados, según se presume, dos de los cinco tripulantes del avión de reconocimiento de la Fuerza Aérea Argentina (FAA).

En la mañana del 7 de junio de 1982, una semana antes del final de la guerra de Malvinas, un misil lanzado por un destructor británico desde la bahía San Carlos impactó en la cola de un avión Learjet de la Fuerza Aérea argentina y lo hizo caer en tirabuzón durante casi dos minutos sobre la isla Borbón, frente a la costa norte de la Gran Malvina.

—Me dieron, no hay nada que hacer.

Se escuchó decir por radio al vicecomodoro Rodolfo De la Colina, comandante de la nave y jefe del Escuadrón Fénix, una unidad especial que ese día cumplía una misión de reconocimiento y engaño a las defensas británicas.

El Learjet explotó en el aire y se estrelló desde 13.000 metros de altura. Murieron sus cinco tripulantes: además de De la Colina, el mayor Falconier, el capitán y oficial fotógrafo Lotufo y los suboficiales Luna, radio-operador, y Marizza, mecánico de aeronave. Todos se conocían por haber sido asignados a una base en Paraná, Entre Ríos.

Dos años después del final de la guerra, los británicos recuperaron algunos de los restos de los soldados y los enterraron en una sepultura colectiva en el cementerio de Darwin, en la isla Soledad. En la parcela B, fila 4, tumba 16. 

Pero casi una década después, en 1994, un nuevo hallazgo fortuito de parte del fuselaje del avión permitió rescatar más restos, y los británicos montaron dos nuevas tumbas en la propia isla Borbón. Los descubrió un pastor isleño. Primero divisaron un ala y luego de hacer excavaciones, encontraron dos cuerpos.

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“Encuentran lo que los ingleses interpretan que son restos de dos personas más. Pero al no poder hacer el ADN, no saben si es de la misma persona o si son de personas distintas. Hasta donde yo sé, con las mejores intenciones identificaron como que son dos cuerpos y son los que enterraron ahí en la isla Borbón”, le explica Marcelo Lotufo hijo a Rosario3 desde San Luis, donde se radicó hace veinte años luego de nacer en Salta, el lugar de origen de su padre, y de vivir en Paraná y Rafaela. 

Tiene 47 años y es el único hijo del capitán y oficial fotógrafo Lotufo, uno de los cinco tripulantes que murió en el LearJet 35 T-24. Su madre todavía reside en la Perla del Oeste santafesino y, como él, dio su consentimiento para avanzar con la posible identificación de los restos enterrados en los dos cementerios, Darwin e isla Borbón. Para ellos, que son dos, fue más fácil tomar la decisión, pero en las familias de los otros soldados, al ser más numerosas, hubo discordia. 

De hecho, aún hoy, no todas consideran necesario que se identifiquen formalmente los restos. 

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Así lo explica Leandro De la Colina, hijo del piloto del Learjet fallecido. "No lo creo necesario, es indistinto. Pero es por cómo uno procesa su historia, lo que siento no es un impedimento para el resto". Tiene 50 años y una hermana de 47. Los dos, junto a su madre fallecida en el 2001, visitaron por primera vez las tumbas en Borbón en 1995.

"Fuimos 11 familiares de la tripulación a Borbón. Ahí cambió todo. Ese fue para mí el ver y tocar", señala en diálogo con Rosario3 desde la Ciudad de Buenos Aires, donde vive.

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No es mi problema

"The graves are in a very bad state, but whatever, it's not my problem".

Las tumbas están en muy mal estado, pero como sea, ese no es mi problema. El encargado de Pebble Lodge, en el asentamiento conocido como Borbón, responde con poco interés a cuatro argentinos que llegaron a Malvinas hace tres días y acaban de hacer pie en la pequeña isla. Quieren visitar el sitio donde los británicos sepultaron los restos de dos soldados en 1994.

Solo uno de los cuatro, Leo, tiene una vinculación directa con Malvinas y la guerra. Es hijo de un veterano que era oficial mayor de la FAA. Tenía a su cargo soldados que defendieron la base áerea de Puerto Argentino durante el conflicto bélico con los británicos. 

Giuliano, nacido en San José de la Esquina y actualmente piloto de aviación comercial, transitó una parte de su vida en Rosario y se define como un gran aficionado a la historia argentina, la aviación militar y, por consiguiente, a la guerra de Malvinas. Los otros son Mariano, aficionado al armamento militar terrestre, y Mauro, expiloto de la Fuerza Aérea y actualmente piloto comercial. 

Es octubre de 2024 y pasaron 30 años de aquel hallazgo de los británicos. Un avión de dos hélices los lleva desde Puerto Argentino a la pista de aterrizaje de Borbón, un sitio que la Marina argentina usó como base y la Fuerza Aérea como pista alternativa cuando no se podía operar en Darwin o en el principal poblado durante la guerra. De allí, y por unas cuantos hitos que ocurrieron en esa zona, su importancia histórica en el conflicto. 

Las tumbas de guerra de Borbón se encuentran en un área remota, sin caminos para acceder, en una isla menor con 30 habitantes asentados en la cabecera opuesta de la lengua de tierra, a decenas de kilómetros del lugar. La mayoría de los visitantes llegan hasta allí solo para ver pinguinos y si se detienen en el monolito lo hacen para sacarse una foto y seguir. Si es difícil, por la lejanía y lo costoso, visitar el cementerio de Darwin, hay que multiplicarlo para pensar en ir hasta Borbón.

Iniciaron la excursión en camionetas con recorrido ya preestablecido que incluía la visita de lugares con una belleza natural admirable y, por supuesto, lo que les interesaba a ellos: la visita de los lugares relacionados a los eventos de 1982. Los restos de un avión Skyvan de la Prefectura Naval destruido en el aeródromo, dos cazabombarderos Mirage-5 Dagger derribados en acción, el memorial al destructor HMS Coventry y, finalmente, luego de horas de off-road con la 4x4 saltando turba, rocas y arroyos, el memorial a los cinco tripulantes del Learjet T-24 derribado el 7 de junio de 1982.

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Identificar a los caídos

Tras 74 días de combate, 649 soldados argentinos murieron en la guerra, de los cuales 323 corresponderían al hundimiento del crucero General Belgrano, ocurrido el 2 de mayo de 1982, que constituye la pérdida de vidas más grande durante el conflicto. Pero el silencio de la dictadura militar cubrió el destino de los caídos. Ante la negativa argentina de traer al continente a los soldados muertos en combate, Gran Bretaña decidió darles un nuevo lugar en las islas, tras un pedido de los isleños.

Esta tarea se le encomendó a Geoffrey Cardozo, un oficial británico que llevó a cabo un trabajo minucioso: se encargó de organizr el entierro de cada soldado argentino con sus pertenencias  –anillos, fotos, trozos de uniforme–. En cada tumba, dejó una nota detallando marcas, cicatrices, contextura, rasgos y todo aquello que sirviese para su identificación futura.

Seis meses después, Gran Bretaña inauguró el Cementerio Argentino de Darwin. En total, se enterraron 237 cuerpos: 126 sin identificación y –muchos de ellos– en tumbas colectivas.

En 2008, durante un encuentro de excombatientes argentinos en Londres, Cardozo ofició como traductor de Julio Aro, quien durante la guerra formó parte del Regimiento 6 de Mercedes. La última noche, en la intimidad de una conversación dentro de un taxi, Cardozo le contó que los registros de los cuerpos de los soldados caídos no estaban en archivos olvidados ni en manos ajenas: los tenía el Estado argentino, que nunca los entregó a las familias.

Antes de despedirse, el excombatiente argentino recibió un sobre de papel madera, pesado no por su tamaño, sino por lo que contenía. “Sabrás qué hacer con esto”, le dijo Cardozo, según reconstruyó la periodista Leila Guerriero en su libro La otra guerra (Anagrama, 2021). "Me partió el alma saber que esos eran mis compañeros y que muchos estaban en tumbas que decían «Soldado argentino sólo conocido por Dios»", asegura emocionado en una entrevista a Página12 Julio Aro. 

De regreso en el país, el excombatiente argentino tradujo la información y, entre los datos, encontró un número de DNI junto a un cuerpo sin identificar. Lo chequeó en el padrón y obtuvo un nombre: Gabino Ruíz Díaz. Tras visitar a su familia, este soldado dejó de ser un desconocido y, por primera vez, una madre supo con certeza dónde estaba enterrado su hijo. El obsesivo informe de Cardozo y el trabajo de Aro comenzaban a dar sus primeros frutos.

Elma Pelozo, la madre de Gabino, pudo conocer la tumba de su hijo caído en la guerra de Malvinas el 4 de marzo del 2020. La mujer tenía problemas de salud y está en silla de ruedas porque tiene las piernas amputadas producto de su diabetes. Sin embargo, gracias a la ayuda de muchos y el empeño de otros tantos, su deseo se concretó. Y gracias a esa conversación casi secreta entre Cardozo y Aro.

Este camino de la identificación avanzó en 2012, cuando la entonces presidenta Cristina Fernández de Kirchner solicitó formalmente la intervención del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR). El acuerdo entre Argentina y el Reino Unido no se firmó hasta diciembre de 2016.

En consecuencia, el año 2013 se conformó un equipo de trabajo bajo la coordinación del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos para elaborar una serie de protocolos que permitieran obtener información de cada familia sobre su ser querido caído en Malvinas. Para ello, se trabajó con el CICR en la adaptación de protocolos del EAAF de acuerdo a los requerimientos de dicha institución.

Un equipo constituido por miembros del EAAF, del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos, del Ministerio de Desarrollo Social de la Nación, de la Escribanía General de la República, y del Centro Ulloa de asistencia psicológica, realizó entrevistas y tomó muestras de sangre a los familiares de los combatientes fallecidos con el objetivo de crear el “Banco de Sangre de Familiares de Combatientes argentinos fallecidos en el conflicto del Atlántico Sur inhumados sin identificación”.

En diciembre de 2016, la Argentina y el Reino Unido firmaron un acuerdo para comenzar las tareas de identificación en las islas a partir de junio de 2017, delegando en el CICR las tareas de coordinación y ejecución. Argentina estaría representada por dos forenses del EAAF, y los análisis genéticos de los cuerpos que se exhumaran serían realizados en el laboratorio del EAAF, en la provincia de Córdoba (Argentina).

Durante el comienzo del proceso hubo temor y dudas de parte de la Comisión de Familiares de Caídos en Malvinas. “Les inventaron historias a las familias para que no den las muestras”, asegura Aro. “Había una incertidumbre generalizada –agrega la antropóloga– que no colaboraba en el proceso, que por su comienzo tardío siempre iba a contrarreloj”.

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Olvidadas
Una línea de cercos de madera blanca marcan un perímetro de unos cinco por cuatro metros. En el centro, un monolito piramidal de piedras con una cruz en su cúspide y, a cada lado, las dos tumbas de los tripulantes encontrados en 1994.

Están olvidadas y deterioradas, en medio de la nada.

Las dos placas del monolito (una recuerda el nombre de los cinco tripulantes, la otra refiere a que en el lugar yacen los restos de dos de ellos) estaban cubiertas con óxido y con los tornillos que las amuran a las paredes sueltos y caídos.

Las dos cruces de las tumbas caídas en el piso, tapadas por el pasto. La puerta de ingreso con sus bisagras rotas y tumbada hacia uno de sus lados. En ella se leía una placa con un "Honor y Gloria" que algún compatriota había dejado, también corroída por el paso del tiempo y el descuido de quienes tenían acceso a ella.

Algún resto de un Rosario, un par de cuentas y algo de hilo raído conformaban lo que quedaba de una antigua ofrenda.

—¿Esta es la última parada de la excursión?

—No.

—¿Cuánto tiempo tenemos en esta parada?

—Dos minutos más y se sigue para ver otros pingüinos.

Los cuatro argentinos se miraron y sin decirse nada le indicaron al resto de las personas que hacían la excursión que sigan camino.

—Búsquennos a la vuelta.

—¡Pero se van a perder los pingüinos Rockhopper!— dijo el guía.

—Sí, pero tenemos planes mejores.

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Plan Humanitario

“La acción humanitaria necesitaba el compromiso de todas las partes, que debían dejar de lado los conflictos ideológicos y burocráticos en pos de reconocer los cuerpos”, relata casi una década más tarde Virginia Urquizu, integrante del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), en otra entrevista con Página12.

A pesar de las idas y vueltas, en seis años –y tras dos fases del Plan– se lograron identificar 121 cuerpos. La operación tuvo cinco fases coordinadas: recuperación arqueológica de los cuerpos, análisis, toma de muestras, reinhumación de los cuerpos en sus sepulturas originales y análisis genéticos de las muestras.

Para muchas familias significó el fin de lo que parecía un eterno luto. Aunque para otras el duelo comenzó a cerrar cuando viajaron por primera vez a Malvinas, el trabajo permitió que los soldados argentinos pasaran de ser una coordenada a tener nuevamente un nombre. Ese acto trajo consigo algo de paz.

“Tuvimos que entregar informes de exclusión, que implica que sus familiares no se encuentran dentro de los cuerpos exhumados en Darwin”, explica la integrante del equipo de antropología.

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Pasta de dientes
A falta de pasta de pulir, uno de los cuatro argentinos sacó pañuelos descartables y pasta dental para poner en condiciones las placas, sacar óxido y conseguir el mejor brillo que se pudiera.

Otros dos arrancaron el pasto que ocupaba el lugar de las sepulturas y buscaron la manera de levantar las cruces. A falta de martillo, buscaron piedras por la zona para clavarlas nuevamente.

 

Las mismas piedras serían refuerzo para que las cruces aguantaran el viento malvinense la mayor cantidad de tiempo posible. Otro sacaba alambre de un sector del cerco de madera y la reciclaba para levantar la puerta.

Todo ante la incrédula mirada del guía. "Creo que en ese momento entendió que si que para él ese lugar no era su problema, para nosotros sí lo era", piensa Giuliano.

—¿En qué los puedo ayudar? ¿Necesitan más piedras? Allá al fondo hay más, déjenme levantar algunas y traerlas.

La pregunta sorprende al grupo. Es un hombre angloparlante entrado en años, y de lo que escucharon en otros tramos del viaje interpretan que había servido en el pasado a las fuerzas británicas.

Sobre el monolito también dejaron un Rosario bendecido y una banderita argentina atacada con alambre. A la noche volvieron a cruzarse con el militar británico retirado. "Good job with
that graves guys!", los felicitó.

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Fase tres

Con las dos primeras fases del Proyecto Humanitario se lograron identificar 121 cuerpos. Quedan seis sin hacerlo, de los cuales uno ya fue identificado, pero por decisión de su familia, no se colocará el nombre en la placa.

En septiembre de 2024, la entonces Canciller Diana Mondino confirmó un acuerdo con Gran Bretaña para comenzar con el Plan de Proyecto Humanitario 3. Esta etapa prevé la exhumación de la tumba B-416, que lleva el nombre de todos los tripulantes del LearJet 35 T-24, avión derribado el 7 de junio de 1982.

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Informes de antropología estiman que no todos los cuerpos se encuentran allí, por lo que se compararán esos restos con otros encontrados en la Isla Borbón y con las muestras de los familiares que accedieron a sacarse sangre.

Sin embargo, la tercera etapa del plan todavía no se ha puesto en marcha, pese a los anuncios de los gobierno de Alberto Fernández y después Javier Milei. “Estamos a la espera de los acuerdos diplomáticos porque es un trabajo perfectamente realizable desde lo técnico”, anticipa Urquizu.

FUENTE: ROSARIO3

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