El pozo que está por empezar salita de 3

RAFAELA..

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En la esquina de avenida Santa Fe casi Urquiza, en pleno macrocentro de Rafaela, hay un vecino más. No paga tasas, no vota, no tiene DNI. Pero está ahí. Firme. Persistente. Con una vocación de permanencia que ya quisieran muchos comercios del sector.

Es el desnivel. El famoso desnivel.

Nació hace más de dos años como una leve ondulación sobre el adoquinado. Una arruguita en el pavimento. Algo que, en una ciudad acostumbrada a los vaivenes del suelo y de las obras subterráneas, parecía un detalle menor. Pero la arruguita fue creciendo, tomó carácter, y terminó cercada por tachos naranjas, vallas municipales y cintas que advierten que por ahí no se pasa.

“Calle cerrada”, dice el cartel de la Municipalidad. Una frase que en este caso no clausura una obra en marcha, sino una incertidumbre en pausa.

Desde entonces, los conductores hacen una leve coreografía obligada: esquivan los barriles, se abren unos centímetros, miran de reojo el bulto adoquinado y siguen. Como si estuvieran bordeando una zona arqueológica. O un animal dormido que conviene no despertar.

 

El temor no es caprichoso. Rafaela ya tiene antecedentes. El año pasado, en Tucumán y Primero de Mayo, el pavimento directamente desapareció y dejó al descubierto una fosa que parecía salida de una película de catástrofes de bajo presupuesto. Antes, en Suipacha casi Rivadavia, otro tramo decidió rendirse y abrirse como una boca enorme en medio de la calle. La ciudad aprendió, a los golpes, que debajo del adoquín puede haber sorpresas.

Por eso en Santa Fe y Urquiza nadie quiere tentar al destino. Mejor el cerco eterno que el auto tragado por las entrañas urbanas.

Lo curioso es que el dispositivo de emergencia —que nació como provisorio— se volvió parte del paisaje. Los tachos, uno incluso tumbado con desgano, los pilotes blancos con base de hormigón, la cinta plástica atada como puede. Todo eso ya integra la escenografía habitual del macrocentro. Los vecinos lo naturalizaron. Algunos hasta le tomaron cariño.

“Ya está por entrar a salita de 3”, bromean en la cuadra. Y no es exageración: dos años, en tiempos de gestión pública, pueden ser un suspiro; en tiempos de la vida cotidiana, es una eternidad. Un chico nace y aprende a caminar en ese lapso. El desnivel, en cambio, sigue ahí, quieto, esperando su turno en el quirófano vial.

La pregunta incómoda es cuánto puede durar lo provisorio antes de convertirse en definitivo. Cuándo una señal de alerta deja de alertar y pasa a ser decoración urbana. Porque el riesgo, aunque encapsulado entre tachos naranjas, sigue estando. La ondulación no desapareció. El temor al hundimiento tampoco.

Y en una de esas, lo que hoy es motivo de ironía vecinal mañana vuelve a ser noticia en tono dramático.

La pregunta básica es ¿quién tiene la llave de la solución? Y se agrega ¿es un asunto exclusivo del Municipio o la pelota está del lado de Aguas Santafesinas? Entre la prevención eterna y la obra que no llega, el pozo sigue sumando años como si nadie quisiera anotarse la autoría de su final.

Rafaela, ciudad prolija, industrial, orgullosa de su entramado productivo, convive en su corazón con un punto ciego cercado con barriles. No es el Apocalipsis. No es el colapso estructural. Es algo más pequeño y, por eso mismo, más revelador. La dificultad para resolver a tiempo lo que todos ven, lo que todos esquivan, lo que todos comentan.

Ahora que cada cosa que se hace en la ciudad debe estar terminada antes del inicio de los Juegos Suramericanos de septiembre, ¿será posible que por arte de magia alguien se ponga manos a la obra para trabajar en una solución? ¿O quizás pueda incorporarse como patrimonio urbano y se convierta en una postal turística con cierta familiaridad con la Placita Honda? Podríamos llamar a esa depresión del adoquinado como la avenida Honda.

Lo cierto es que el desnivel sigue ahí. Paciente. Criándose entre adoquines. Sumando aniversarios.

Ojalá no llegue a festejar el jardín completo.

FUENTE: LA OPINION

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